Impuestos al Acero y Aluminio. O el Nuevo Adiós al TLCAN

Impuestos al Acero y Aluminio. O el Nuevo Adiós al TLCAN

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Por Alex Covarrubias V.

Leer adecuadamente las motivaciones e implicaciones de las decisiones de la administración Trump es sumamente difícil. Pero para el destino del país hoy es más importante que nunca hacerlo y la realidad es que el trabajo de comunicadores y analistas aún sigue siendo deficitario en este sentido.

Contra todo pronóstico Trump decretó que a partir del primero de junio México, al igual que Canadá y la Unión Europea ya no disfrutarán más de las exenciones arancelarias para la exportación de acero y aluminio a su territorio. Es decir que pagarán las tasas de 25 y 10% que anunció en marzo pasado para el resto de países, si bien con una dedicatoria especial a China.

Empezando en sentido inverso, ¿Cuáles son las implicaciones de ello?. La más inmediata es que la decisión de Trump anticipa que no habrá firma alguna de un TLCAN 2.0. No al menos en los meses subsiguientes, por lo que la eventual reapertura de negociaciones –si acaso—se trasladará hasta pasadas las elecciones intermedias en Estados Unidos en noviembre de este año.

Segundo, ello significa que la administración de Peña Nieto perdió en definitiva su oportunidad de proponer y hacer algo de relevancia para México cegada en repetir la misma postura de los negociadores mexicanos de 23 años atrás. Tercero, la reapertura de negociaciones estará sujeta a los resultados de aquellas elecciones. Es decir, no son los resultados de las elecciones mexicanas las que preocupan y ocupan a la Casa Blanca. Son las suyas las que están en el pandero y ocupan su radar. Y en ese sentido cualquier cosa puede ocurrir.

Un resultado positivo para el Partido Republicano y Trump en particular puede alentar a la Casa Blanca a restablecer las mesas de dialogo. Pero con una posición que lo lleve a demandar con más fuerza lo que desde México no se ha querido escuchar: No interesa más un comercio regional en que un país se lleva las inversiones y los empleos subvirtiendo sus salarios a la baja.

Más aún, un resultado negativo para ellos y positivo para los Demócratas tampoco asegura un futuro despejado para el viejo TLCAN. O mejor dicho, para un TLCAN con premisas del Siglo pasado. El tema de los desequilibrios comerciales en Estados Unidos, con salidas de inversiones y pérdida de empleos por políticas de competencia desleal (y los salarios alterados a la baja lo son), se ha instalado por ahora con hondura en la sociedad estadounidense y no será fácil para ningún político o partido ignorarlo.

Con estas premisas podemos acudir a desentrañar las motivaciones. En la era Trump las decisiones tienen una imbricación donde se funden y confunden las lógicas económicas, políticas y sociales. Los aranceles al aluminio y al acero tienen esa fusión. El TLCAN puesto en el banquillo de los acusados tiene esos componentes.

Cumple además la función de señalar culpables –y expiar culpas—frente a una sociedad más desigual y confrontada que nunca como lo es la norteamericana del presente. Esto es una sociedad donde coexisten los mayores poderes financieros, industriales, científicos e innovadores del orbe, con estratos sociales crecientes presas del desempleo, el subempleo, las adicciones, la soledad, la desconfianza o la desesperanza.

Hay más motivaciones por entender. Una básica es la de ubicar por qué en estos escenarios México juega el rol del enemigo más cómodo, auxiliado por la posición de debilidad de sus gobernantes. Otras suponen identificar mejor a los ganadores y perdedores de cada eventual medida industria por industria. Y aquí las generalizaciones o informaciones incompletas no ayudan.

Por ejemplo, tanto en el caso de los aranceles al acero y al aluminio, como en el caso de una industria automotriz sin TLCAN o bajo aranceles, tendría que empezar por comprenderse por qué una es la reacción de los corporativos globales instalados en Estados Unidos y otra la de sus corporativos domésticos.

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