- Políticamente tóxico, ambientalmente riesgoso, pero el fracking un tema cada vez más difícil de esquivar si queremos subirnos al tren de la inteligencia artificial.
El tema es delicado y por eso el gobierno federal no lo ha manifestado de manera abierta, sin embargo; parece que el destino nos ha alcanzado y resulta ya casi inevitable pensar en la posibilidad de que México le entre al fracking para obtener más gas natural o por lo menos para comenzar el debate.
La semana pasada la Presidenta de México, Claudia Sheinbaum Pardo, presentó la Estrategia para Fortalecer la Soberanía Energética que plantea tres acciones principales. Contar con equipos más eficientes que consuman menos energía; más fuentes renovables; y explotación de las reservas de gas natural de yacimientos convencionales para disminuir la importación de este recurso.
No lo dijo con todas sus letras, pero lo insinuó con suficiente claridad como para que nadie se haga guaje. La explotación de los yacimientos no convencionales de gas natural viene en camino. Habrá un comité de científicos que evaluará la viabilidad y mañana miércoles se presentará ese grupo de expertos en la Conferencia Mañanera del Pueblo; así como las obras de infraestructura en esta materia.
Políticamente tóxico, ambientalmente riesgoso, pero es un tema cada vez más difícil de esquivar si queremos subirnos al tren de la inteligencia artificial.
La secretaria de Energía, Luz Elena González, dijo que México consume alrededor de 9 mil millones de pies cúbicos diarios de gas natural, pero produce apenas una cuarta parte. El resto viene, en su mayoría, de Texas. Dependemos del humor del presidente de EU, de sus precios volátiles y de su infraestructura. En tiempos donde la geopolítica energética se ha vuelto deporte global, eso no es una buena idea.
Aquí es donde la conversación deja de ser ideológica y se vuelve brutalmente pragmática. Porque el gas natural ya no es sólo combustible, es el cimiento invisible de la economía digital. La electricidad que alimenta servidores, nubes y algoritmos no sale de la nada. En México, en buena medida, sale del gas.
La Agencia Internacional de Energía estima que los centros de datos consumieron 1.5% de la electricidad global en 2024 y que esa cifra crecerá de forma acelerada hacia 2030. Entrenar modelos de inteligencia artificial puede consumir más energía que iluminar ciudades completas. Y no es metáfora.
La Asociación Mexicana de Data Centers proyecta que el país necesita 1.5 gigavatios de capacidad instalada hacia el final de la década. Microsoft, Amazon y otros gigantes ya tienen inversiones en Querétaro, no por casualidad, sino porque ahí converge infraestructura de gas natural respaldada por los ductos Tamazunchale-El Sauz y Tula-Villa de Reyes
También el Fermaca Digital City en Durango tiene una inversión de 2 mil 700 millones de dólares para crear un campus especializado en inteligencia artificial con generación eléctrica propia basada en gas natural con todo y su gasoducto.
Aquí es donde el discurso ambiental choca de frente con el apetito digital. Queremos más inteligencia artificial, más centros de datos, más conectividad. Pero todo eso requiere energía constante, estable y abundante. En México esa ecuación sigue pasando por el gas natural.
El director de Petróleos Mexicanos, Víctor Rodríguez, dijo que hay más de 141 mil millones de pies cúbicos potenciales en yacimientos no convencionales. Es decir, el subsuelo mexicano tiene el recurso que hoy compramos afuera y que podríamos obtenerlo mediante el fracking. El dilema no es técnico, es político.
El fracking tiene historia política en México y no precisamente una historia amable. El presidente Andrés Manuel López Obrador lo asumió como un símbolo contra el consumo intensivo de agua, contaminación y riesgos ambientales. Prometió no usarlo y cumplió.
Pero el contexto cambió. La presidenta Claudia Sheinbaum ya dejó ver que su aproximación será distinta pese a compartir los postulados de AMLO. Pero no habla del fracking tradicional, sino de nuevas tecnologías que, en teoría, reducirían el uso de agua y químicos. Es un matiz importante, aunque todavía insuficiente para tranquilizar a todas esa buenas almas que ven en esta técnica una amenaza ambiental.
La pregunta de fondo no es si el fracking es bueno o malo. Es si México puede darse el lujo de no discutirlo. Porque mientras el país importa el 75% de su gas, la demanda eléctrica crece impulsada por la digitalización. Y los centros de datos no funcionan con buenas intenciones.
La misma sociedad que exige energías limpias también demanda servicios digitales cada vez más intensivos en consumo energético. Queremos IA (generativa y agentica), streaming en 4K y ciudades inteligentes, pero sin tocar las fuentes que hacen posible esa infraestructura.
Así que estamos frente a una disyuntiva incómoda. Apostar por la soberanía energética implica tomar decisiones difíciles. El fracking podría ser una de ellas. No como solución mágica, sino como parte de una transición que todavía no encuentra equilibrio entre desarrollo y sostenibilidad.
Abrir el debate no significa lanzarse a perforar el subsuelo mañana mismo. Significa aceptar que el problema existe y que ignorarlo no lo va a desaparecer. Si México quiere ser protagonista en la economía digital, necesita resolver primero su ecuación energética.
Si la explotación de los yacimientos no convencionales para producir más gas sales (lutitas) nos permitirá tener más centros de datos, más Internet y más Inteligencia Artificial, ni modo; hagámoslo, pero con seguridad y responsabilidad ambiental. Abramos el debate y la mente. Porque hasta las piedras cambian de modo de parecer, decía AMLO.
Eficiencia energética
En el debate climático global suele hablarse de emisiones, energía o transporte, pero cada vez más el foco se mueve hacia la tecnología aplicada a la gestión del agua. Ese fue uno de los ejes de la conferencia Women in Carbon 2026, organizada por The Climate Pledge y Amazon México, donde se planteó que la crisis hídrica exige soluciones que combinen ciencia, financiamiento climático y plataformas tecnológicas capaces de optimizar el uso del recurso. En ese terreno comienzan a jugar empresas como Rotoplas que en voz de Andrea Muhech, gerente de Relaciones Institucionales de la compañía, dice que va a desarrollar soluciones para captación, almacenamiento, tratamiento y reúso del agua apoyadas en innovación y eficiencia energética. La directiva no lo dijo, pero este reportero sabe que Rotoplas también está comenzando a explorar la venta de paneles solares para hogares y pequeños comercios. La oferta comercial se está diseñando aun pero seguramente pronto se presentará en una ciudad del norte del país.