
El Pixel 11, las lucecitas y el CCE, por Hugo González en El Universal
agosto 13, 2026Mis amigos me insisten en que deje de ser tan negativo con los fabricantes de gadgets. Dicen que si sigo criticando teléfonos jamás volverán a invitarme a sus presentaciones. Lo he intentado. En serio.
He buscado el lado positivo de cada lanzamiento, no porque sueñe con los “chayo viajes” o con esos “préstamos” de equipos que algunos convierten en reseñas patrocinadas disfrazadas de objetividad periodística, sino porque aprecio a las marcas y a la gente que trabaja en estas compañías. El problema es que a veces las marcas ponen más empeño en el espectáculo que en convencer al consumidor.
Ayer Google presentó toda la nueva familia Pixel 11 y, de entrada, es destacable que por fin existe una alternativa real en el mercado mexicano frente al duopolio emocional formado por Apple y Samsung. Durante años fui de los pocos que se lamentaban de que Google ignorara a México para vender sus teléfonos. Desde el año pasado eso cambió y la llegada oficial de los Pixel merece reconocimiento. El problema es que esta nueva generación parece diseñada para competir en las titulares, pero no necesariamente para sacudir el mercado.
Los Pixel 11 llegan cargados de Gemini Intelligence, cámaras rediseñadas y una novedad llamada HiLight, que básicamente consiste en una lucecita alrededor del flash. Sí, en 2026 seguimos presentando lucecitas. Todos los modelos integran el procesador Tensor G6, Android 17 y una batería de funciones de inteligencia artificial capaces de traducir conversaciones en tiempo real, generar tarjetas contextuales, encontrar huecos en la agenda y hasta hacer reservas automáticamente.
En el papel suena espectacular. El software Gemini Nano ahora corre mejor gracias a un coprocesador TPU más potente y muchas tareas se ejecutan directamente en el dispositivo. La idea de un teléfono que entienda solicitudes formuladas de manera natural y actúe de forma proactiva es muy atractiva.
El Pixel 11 estándar incluye 12 GB de RAM, 256 GB de almacenamiento y un sistema fotográfico encabezado por una cámara principal de 48 megapíxeles capaz de captar 56% más luz. También presume un teleobjetivo con zoom óptico de cinco aumentos y Super Zoom digital de hasta 30 aumentos. Nada mal. Sin embargo, cuando uno revisa con calma las especificaciones aparece una pantalla OLED LTPS tradicional, ausencia de Instant Night Sight y sin cámara de vapor para controlar el sobrecalentamiento. Es decir, Google aumentó memoria y almacenamiento, pero dejó una distancia demasiado evidente respecto a los modelos Pro.
Y ahí está precisamente el detalle incómodo. Los Pixel 11 Pro y Pro XL sí incorporan las pantallas LTPO Super Actua con hasta 3,600 nits de brillo y adoptan oficialmente la carga magnética Qi2.2 de 25 W. También ofrecen configuraciones de hasta 16 GB de RAM y 1 TB de almacenamiento. En otras palabras, el Pixel 11 estándar parece el primo que fue invitado solo para completar la foto familiar.
Google también presentó el Pixel 11 Pro Fold, pero decidió que México no merece ese juguete plegable. Así que pasemos de largo antes de encariñarnos con algo que no podremos comprar oficialmente.
Donde la empresa sí mostró una estrategia más coherente fue en el ecosistema. El Pixel Watch 5 añade más memoria para ejecutar micro-modelos de Gemini directamente desde la muñeca, incorpora GPS de doble frecuencia y sensores orientados al seguimiento de actividad física, descanso y recuperación. Sobre el papel compite de forma seria con los relojes de Apple y Samsung. El problema es que los consumidores obsesivos (y conozco varios) siguen encontrando detalles de ergonomía, autonomía real y precisión de audio que pueden marcar la diferencia en el uso cotidiano.
Los Pixel Buds Pro 2 reciben funciones de Gemini para controlar el audio, mejorar la traducción instantánea y resumir mensajes de texto mediante comandos de voz. Todo muy futurista, aunque la calidad de audio y la comodidad continúan siendo aspectos donde los usuarios más exigentes suelen detectar diferencias.
Y llegamos al precio. Google todavía no anuncia las cifras oficiales para México, pero tomando como referencia el mercado estadounidense hablamos de aproximadamente 15 a 17 mil pesos para el Pixel 11 estándar y 22 a 27 mil pesos para el Pro XL. Ahí se desinfla buena parte del entusiasmo.
Porque cuando un consumidor mexicano escucha “15 mil pesos” automáticamente piensa en un iPhone de generación reciente o en un Samsung Galaxy de gama media o alta con promociones, financiamiento y un ecosistema mucho más consolidado. Google ya no compite contra la indiferencia; ahora compite contra marcas que dominan la distribución, los accesorios, el soporte técnico y, sobre todo, la percepción de valor.
Además, persiste la crítica recurrente al procesador Tensor G6. Aunque mejora la ejecución de tareas de inteligencia artificial, según los críticos sigue quedando por detrás de los chips de Qualcomm y Apple en rendimiento gráfico y potencia bruta. Para el usuario promedio quizá no sea dramático, pero cuando pagas más de veinte mil pesos esperas no tener que explicar que tu teléfono es “muy inteligente, aunque no tan rápido”.
Al final, la sensación que deja el evento de Google es curiosa. La compañía entiende hacia dónde se mueve la industria, es decir, inteligencia artificial contextual, integración entre dispositivos y servicios cada vez más conectados. El problema es que muchas de las innovaciones visibles (como el famoso HiLight) parecen cosas superficiales destinadas a generar solo historia en TikTok e Instagram.
Nadie pensaría en cambiar un Pixel 10 porque el nuevo modelo tiene unas lucecitas alrededor de la cámara. Lo que sí podría hacer que alguien cambie de teléfono sería una autonomía revolucionaria, un salto contundente en rendimiento o una relación precio-beneficio difícil de ignorar. Y justamente ahí es donde Google todavía no termina de convencer.
Así que no, no estoy siendo negativo por deporte ni por nostalgia de los tiempos en que los teléfonos sorprendían de verdad. Simplemente creo que cuando una empresa pretende cobrar precios de campeón, las lucecitas ya no bastan para distraernos de lo importante.
El CCE en la bancarización
Desde las filas del Consejo Coordinador Empresarial que preside José Medina Mora, sugió una apuesta por la innovación toma forma con el Plan Anual 2026 de su Comité de Alta Tecnología. La estrategia del organismo privado apunta a dinamizar el desarrollo productivo y posicionar a México como un referente regional mediante la adopción de herramientas emergentes como la inteligencia artificial, la ciberseguridad, el blockchain y la automatización.
Estos y otros temas se abordaron en la reunión entre el Comité de Alta Tecnología del Consejo Coordinador Empresarial, liderado por Felipe Vallejo, y Ángel Cabrera de la Comisión Bancaria y de Valores. Con un enfoque que combina certeza jurídica, ética tecnológica e inclusión financiera, la labor encabezada por Medina Mora busca acelerar la bancarización de las MiPyMEs, reducir la brecha de talento mediante habilidades de infraestructura y articular políticas públicas a la par de la Agencia de Transformación Digital y las instituciones académicas.
Este impulso resulta fundamental de cara a la agenda internacional y a las definiciones clave que vienen para la región. Al alinearse directamente con los pilares de Medina Mora, el CCE se alista para ofrecer un acompañamiento estratégico en la revisión del T-MEC.
La labor técnica del Consejo se enfocará en el Capítulo 19 sobre Comercio Digital, la interoperabilidad tecnológica, las reglas de origen y la privacidad de datos. Con este despliegue, el liderazgo del CCE no solo busca fortalecer la resiliencia del mercado interno mediante alianzas con la Agencia de Transformación Digital y la academia, sino consolidar a México como un líder indiscutible en innovación y comercio digital frente a sus socios de Norteamérica
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