
El Super Bowl como pretexto; por Hugo González en El Universal
febrero 5, 2026Lo dije desde hace semanas y lo repito. Desde que mis queridos Dallas Cowboys quedaron fuera de cualquier posibilidad de entrar a los playoffs, la temporada de la NFL perdió cualquier interés deportivo para mí.
No me importa si es Seattle o Nueva Inglaterra el favorito para ganar el Súper Bowl LX y mucho menos quiero comprar totopos para embarrarlos de guacamole gringo (dulce). Sin embargo, el futbol americano continuará siendo el pretexto para el consumismo disfrazado de convivencia.
Porque a estas alturas el Super Bowl ya no es un partido. Es un ritual mediático global, un carnaval corporativo cuidadosamente empaquetado y un experimento sociológico transmitido en horario estelar. El emparrillado funciona como escenografía de otro espectáculo que detona la conversación digital, el consumo compulsivo y en la facturación que nadie cuestiona: el show de medio tiempo.
Que Bad Bunny encabece el espectáculo de medio tiempo no es una casualidad, es una decisión quirúrgica. Se elige a un artista latino en un momento político sensible para Estados Unidos, con una sociedad fracturada y una industria del entretenimiento que entendió cómo monetizar la identidad, la polarización y la corrección política. Me muero de ganas de verlo porque el morbo no estará en las yardas recorridas, sino en observar a supremacistas y progresistas lanzarse mensajes en redes sociales mientras una marca de refrescos paga millones por aparecer treinta segundos en pantalla.
Es que yo, al igual que el 66% de los mexicanos, nos interesa más ver el show de medio tiempo que el mismo partido. Eso dice una encuesta de Research Land, agencia de investigación de mercados de Grupo UPAX y agrega que sólo el 20 por ciento dice engancharse por la emoción del juego.
Pablo Levy, director general de Research Land, dice que hoy el Super Bowl opera como un evento cultural y mediático de alto impacto que va mucho más allá del futbol americano. El partido es el eje narrativo, pero el valor real está en todo lo que ocurre alrededor. El ovoide importa menos que el ruido que genera pues, desde la lógica de negocio, el Super Bowl no vende productos, vende estatus.
El 38 por ciento de los encuestados considera que lo más valioso de anunciarse en este evento es el prestigio de estar presente. Otro 27 por ciento destaca el alcance de la audiencia y 21 por ciento valora la posibilidad de convertirse en tema de conversación al día siguiente. Apenas el 14 por ciento asocia esta inversión con la venta directa. Se paga caro para ser visto, no necesariamente para vender. Branding, branding, branding.
La derrama económica es un argumento incuestionable en México donde el Super Bowl impulsa incrementos en el consumo de alimentos y bebidas, pantallas, servicios de streaming y telecomunicaciones; además de activaciones de marca y campañas regionales. Tan solo en 2025, la derrama estimada fue de 50 mil millones de dólares, según Concanaco Servytur. El domingo del Super Bowl ya se trata como una fecha semioficial del calendario comercial.
Y los aguacateros mexicanos lo saben perfectamente. Avocados From Mexico estima que durante ese fin de semana el mercado estadounidense consumirá más de 127 mil toneladas de aguacate, alrededor de 290 millones de piezas. Un crecimiento de 15 por ciento frente a las 110 mil toneladas proyectadas el año anterior por Asociación de Productores y Empacadores Exportadores de Aguacate de México (APEAM).
Las apuestas en línea vienen a completar el ecosistema. Datos de STP muestran que durante la semana previa al Super Bowl las transacciones vinculadas a plataformas de apuestas crecieron 67 por ciento en 2025, confirmando una tendencia sostenida desde 2022. Es que los pagos inmediatos cambiaron las reglas del juego con apuestas en tiempo real, premios instantáneos y gestión total desde el celular, sin fricciones.
Incluso, el casino en línea Cloudbet, ya se dijo lista para recibir una avalancha de apuestas y ya tiene a los Seahawks como favoritos. El videojuego Madden NFL 26 ya simuló el resultado y también apunta a Seattle.
Así, el partido final de la NFL se consolida como una oportunidad para que marcas, plataformas y audiencias se suban a un fenómeno cultural que ya no necesita del deporte para justificarse.
El Super Bowl dejó de ser futbol americano hace tiempo. Hoy es contenido, conversación digital y negocio mediático. Y mientras eso siga facturando, nadie querrá que vuelva a ser solo un partido.
Telcos, SMS y metiches oficiales
Hace unos días nos enteramos que Movistar México decidió subirse (bien) al tren de la vinculación de líneas móviles con identidad, protección de datos y discursos bien peinados sobre confianza y control. La empresa informó que avanza “de manera sostenida” y que, a partir del 8 de febrero, lanzará una plataforma digital para que los usuarios consulten cuántas líneas están registradas a su nombre. Todo muy correcto, muy institucional y muy alineado a la regulación.
Pero mientras los comunicados hablaban de campañas de concientización, en la trastienda de la industria el tono era otro. Mis Amigos Chismosos (MACH) cuentan que las operadoras móviles finalmente entendieron que el proceso no era el monstruo burocrático que juraron durante años. Descubrieron, además, algo todavía más interesante. Saber quién es el titular de una línea no solo cumple la ley, también abre oportunidades de negocio que habían sido despreciadas con soberbia tecnológica.
De pronto, tecnologías que parecían enterradas como el 3G y los mensajes SMS, comienzan a respirar de nuevo. No por nostalgia, sino por necesidad. En un país donde millones de personas recargan menos de 100 pesos al mes, el WhatsApp ilimitado es un lujo relativo y los datos móviles siguen siendo un recurso escaso. En ese contexto, el SMS vuelve a tener sentido. No es glamoroso, no tiene stickers ni notas de voz eternas, pero funciona, cuesta poco y no exige un smartphone de última generación.
Después de años de evangelizar sobre apps, datos y ecosistemas digitales, ahora las empresas voltean a ver al mensajito de texto como alternativa “incluyente”. Antaño (antes del régimen whatsapero) nos comunicábamos así y funcionaba. Hoy, el SMS regresa no como retroceso, sino como solución pragmática para quienes quedaron fuera de la fiesta del consumo digital aspiracional.
Por cierto, ya que hablamos de WhatsApp, conviene detenerse en uno de sus mayores encantos: los grupos. Yo estoy en muchos, pero curiosamente no estoy en el que, según algunos iluminados del sector, deberían estar; el grupo de WhatsApp de la Comisión Interamericana de Telecomunicaciones (Citel) entidad de la Organización de los Estados Americanos (OEA).
Al parecer, ese grupo fue durante un tiempo una especie de cantina virtual donde coincidían funcionarios públicos y exfuncionarios del IFT mexicano, todos muy cómodos leyendo documentos y discusiones que no estaban pensados para ellos.
Cuando alguien pidió orden y sugirió que solo permanecieran funcionarios en activo de los países miembros de la OEA, se armó el panchote. Los pájaros que estaban de metiches en el alambre se sintieron ofendidos. Como si el acceso informal a información sensible fuera un derecho adquirido. Permanecer en ese grupo era tierra fértil para la grilla y el cabildeo corporativo, pero también para la confusión entre lo público y lo privado; ese vicio tan arraigado en el sector.
Así que, si a alguien le molesta no estar en ese grupo, también debería molestarle que yo tampoco esté. Y no, yo tampoco tendría derecho. La diferencia es que algunos confundieron el WhatsApp con una extensión vitalicia del cargo.



