
Menos obsesión fiscal y más inversión pública; por Hugo González en ContraRéplica
septiembre 23, 2026Tal vez fue mi percepción, pero las críticas del exsecretario de Hacienda y exgobernador del Banco de México, Guillermo Ortiz, a la política económica del actual gobierno despertaron cierta curiosidad sobre si realmente estamos mejor los mexicanos con Claudia Sheinbaum. La pregunta parece sencilla, pero tiene más trampas que una aplicación gratuita que termina cobrándote hasta por respirar.
De entrada, comparar dos años de gobierno con sexenios completos resulta bastante complicado. Además, ¿qué indicadores utilizamos? ¿Crecimiento económico, inversión extranjera, inflación, salarios o reducción de la pobreza? Porque una cosa es tener una economía que luce espectacular en las presentaciones de PowerPoint y otra muy distinta es que sus habitantes tengan dinero para llegar a fin de mes.
Aquí comienza una discusión económica que lleva décadas enfrentando distintas escuelas de pensamiento. Por un lado, están quienes consideran prioritarios la estabilidad fiscal, la inversión y el crecimiento. Por otro, quienes sostienen que el desarrollo económico también debe medirse por su capacidad para generar empleo, reducir la desigualdad y mejorar las condiciones de vida.
Y entonces aparecen las señoras calificadoras, siempre preocupadas porque los gobiernos no gasten demasiado y mantengan sus cuentas impecables. Moody’s, S&P Global Ratings y Fitch Ratings vigilan el déficit, la deuda pública y la capacidad de pago de los países.
Sus evaluaciones tienen consecuencias financieras, pero tampoco constituyen una especie de mandamiento divino. Una buena calificación crediticia no garantiza hospitales equipados, educación de calidad ni agua potable para toda la población.
Durante décadas nos enseñaron que el gobierno debía administrar sus finanzas como cualquier familia responsable. No gastar más de lo que ingresa, ahorrar para las emergencias y evitar endeudarse. El problema es que un país no funciona como la tarjeta de crédito de un freelancer que espera desesperadamente el siguiente depósito.
El postkeynesianismo y el dinero que sí produce riqueza
Aquí aparece el postkeynesianismo, una corriente económica que ofrece otra manera de entender el papel del Estado, el gasto público y la creación de riqueza. Su planteamiento resulta particularmente interesante para países que necesitan ampliar su infraestructura y atender necesidades sociales.
Imagina que estás jugando Monopoly y el banco necesita emitir más billetes para mantener las operaciones. Puede hacerlo, aunque eso no significa que aparezcan mágicamente nuevas propiedades. La disponibilidad de recursos reales sigue siendo fundamental.
Algo parecido ocurre con los gobiernos que emiten su propia moneda. Aunque enfrentan restricciones institucionales y financieras, su capacidad de gasto no está determinada exclusivamente por los impuestos que recaudan.
El déficit público tampoco representa necesariamente una tragedia económica. Cuando un gobierno gasta 100 pesos y recauda 80, registra un déficit de 20 pesos. Ese gasto puede convertirse en ingresos, ahorro e inversión para empresas y familias.
La cuestión verdaderamente interesante consiste en identificar dónde termina ese dinero y qué beneficios produce para la sociedad.
Pensemos en algo más cercano a nuestra realidad digital. Si utilizas tu tarjeta de crédito para financiar una noche de fiesta, probablemente terminarás con una deuda y una resaca considerable. Pero si compras una computadora para desarrollar aplicaciones, editar videos o trabajar como diseñador, ese financiamiento puede generar ingresos durante años.
No toda deuda representa un desperdicio y no todo ahorro constituye una virtud. Lo importante es identificar qué inversiones generan capacidad productiva, oportunidades económicas y beneficios sociales.
Cuando un gobierno financia universidades, hospitales, infraestructura energética, transporte público o internet de alta velocidad, puede crear condiciones para aumentar la productividad y mejorar las oportunidades de millones de personas.
Esa es una de las posibilidades que plantea el postkeynesianismo: utilizar la política fiscal para movilizar recursos disponibles, sostener el empleo y desarrollar capacidades económicas que el mercado, por sí solo, no necesariamente proporciona.
Por supuesto, existen límites. Si el gobierno aumenta el gasto cuando las empresas ya utilizan toda su capacidad productiva, puede provocar presiones inflacionarias. También necesita considerar las importaciones, el tipo de cambio y los costos financieros.
Pero reconocer esos límites no significa convertir el equilibrio presupuestario en una religión.
México necesita discutir cuánto cuesta no invertir en infraestructura, educación, salud y tecnología. Una red eléctrica insuficiente también tiene consecuencias económicas. Lo mismo ocurre con una generación que no puede acceder a educación superior o con una comunidad que permanece desconectada de la economía digital.
Y para quienes todavía creen que el déficit fiscal es la representación económica del demonio, vale la pena revisar las cifras. Las proyecciones para 2026 sitúan la deuda pública de Japón alrededor del 204% de su PIB, con un déficit fiscal cercano al 1%; Estados Unidos registra una deuda aproximada del 126% y un déficit del 7.5%; Italia ronda el 138% de deuda y el 2.9% de déficit; mientras que Brasil alcanza aproximadamente el 98% de deuda y el 8.2% de déficit. ¿Y México? Nuestro país presenta una deuda pública proyectada entre el 58% y 63% del PIB, con un déficit que ronda el 4%.
Estas diferencias no significan que endeudarse sea gratis ni que todos los países enfrenten las mismas condiciones financieras. Lo que muestran es que el tamaño de la deuda, por sí solo, no explica la capacidad de una economía para crecer ni el bienestar de su población.
El postkeynesianismo permite ampliar la conversación económica más allá del déficit y colocar la capacidad productiva, el empleo y el bienestar en el centro del debate.
En lugar de preguntar exclusivamente cuánto dinero debe ahorrar el gobierno, también conviene examinar qué recursos tiene disponibles, cuáles necesita desarrollar y cómo puede utilizarlos sin generar inflación.
Porque una economía puede presentar cuentas públicas ordenadas y mantener enormes necesidades de inversión. También puede registrar déficits y desperdiciar recursos en proyectos que nunca entregan los beneficios prometidos.
La diferencia está en las decisiones de inversión, la capacidad de ejecución y los resultados.
Quizá llegó el momento de actualizar nuestras discusiones económicas. Después de todo, nadie presume tener un smartphone con la batería al 100% si el sistema operativo lleva veinte años sin actualizarse y ninguna aplicación funciona.
México tiene necesidades de infraestructura, educación, salud y conectividad que requieren decisiones de largo plazo. El postkeynesianismo ofrece herramientas para discutir cómo financiarlas, aprovechar los recursos disponibles y evaluar sus efectos sobre la economía.
El verdadero desafío no consiste únicamente en reducir el déficit, sino en construir una economía capaz de producir más riqueza y ampliar las oportunidades de quienes la generan.
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