
¿Quieres volver a las salas de cine? Pregunta Hugo González en ContraRéplica
agosto 12, 2026Recuerdo perfectamente la última época dorada de las salas de cine en México. Fue cuando las distribuidoras decidieron que la humanidad no podía vivir sin otra película de superhéroes, otra princesa con problemas existenciales y otra secuela de una franquicia más. Y, para ser honestos, muchos comprábamos el boleto con gusto. Era un ritual social con estreno, palomitas, refresco gigante, la película y la espera de la escena poscréditos.
Luego llegó la pandemia y el cine tuvo que hacer maromas para el salto mortal con aterrizaje en plataforma de streaming. Las productoras descubrieron que podían estrenar casi al mismo tiempo en salas y en casa, mientras las plataformas OTT comenzaron a producir contenido como si el mundo entero estuviera condenado a permanecer en pijama frente al televisor.
El resultado fue devastador para la experiencia cinematográfica tradicional. La pantalla gigante perdió parte de su magia cuando el mismo estreno aparecía semanas después (o a veces días después) en el catálogo de una plataforma que ya pagamos aunque no tengamos tiempo de verla. Por eso las salas empezaron a perder atractivo, sobre todo entre los niños pandémicos que hoy son jóvenes. Los estrenos dejaron de ser tan llamativos y el precio de la entrada jugó en contra de ese entretenimiento.
Según datos de la Canacine, diversas fuentes periodísticas y las propias empresas Cinemex y Cinépolis, el boleto en México sigue siendo accesible. Tienen razón, al menos en teoría. Un boleto tradicional ronda los 70 pesos (4 dólares), con variaciones entre 40 y 90 pesos según la ciudad y el horario.
Si solo se considera la entrada, México sigue siendo uno de los países más accesibles para ir al cine. La National Association of Theatre Owners (NATO) estima que en Estados Unidos el boleto cuesta en promedio 15 dólares, muy por encima de los casi 4 dólares de México. En Europa el promedio es similar, mientras que en América Latina ronda los 6 dólares. India y varios países del sudeste asiático son más baratos, con promedios cercanos a los 3 dólares.
El problema es que nadie va al cine únicamente a comprar un boleto. Eso sería como entrar a un estadio para admirar las escaleras.
La verdadera película comienza en la dulcería. Ahí descubrimos que las palomitas tienen un comportamiento financiero muy volátil. Las cadenas obtienen entre 40% y 50% de sus ingresos gracias a refrescos, palomitas y snacks, y el consumo promedio por persona puede ir de 130 a 220 pesos (entre 7 y 12 dólares) en una sala tradicional. En formatos VIP o gourmet, la cifra fácilmente supera los 400 pesos (15 a 24 dólares).
Comparado con otros países, la dulcería de cines México sigue siendo más barata que en Estados Unidos donde el ticket promedio va entre 15 y 25 dólares, según datos de AMC Entertainment Holdings y Cinemark Holdings. Las dulcerías en Europa cuestan casi lo mismo que en México con un ticket promedio de entre 8 y 14 dólares. América Latina, sí es más barato con un costo promedio de entre y 5 y 8 dólares según reportan cadenas de salas de cine como Cinépolis, Cinemark, Cineplex, Procinal, Hoyts
La diferencia en los costos es el famoso “efecto combo”. Pagas 70 pesos por entrar y terminas desembolsando 250 porque el paquete incluye un bote de palomitas del tamaño de un tinaco y un vaso con un chingo de hielos y refresco que nunca terminas.
Lo interesante es que, incluso con esos precios, la dulcería mexicana sigue siendo más barata que la estadounidense, donde el consumo promedio ronda entre 15 y 25 dólares. Pero la comparación relevante no es cuánto cuesta en dólares, sino cuánto trabajo representa.
A reserva de confirmar las cifras y haciendo casi cuentas en las rodillas, con el salario mínimo mexicano, una salida básica al cine (boleto más combo sencillo) exige alrededor de cuatro horas de trabajo. En España se requieren poco más de dos horas y en Suiza apenas una hora y media. Visto así, el cine en México deja de parecer una ganga cultural y se convierte en una decisión presupuestal que compite directamente con la gasolina, el recibo de internet o la mensualidad de la plataforma que precisamente evita que salgas de casa.
Por eso muchos de quienes vivimos aquella bonanza de los multicines pensamos dos veces antes de aceptar la invitación. No es nostalgia, son finanzas personales.
Sin embargo, hay señales de que algo está cambiando. Ellis Jacob, director ejecutivo de Cineplex, asegura que la Generación Z está impulsando el regreso a las salas en Norteamérica. Según sus reportes financieros, películas como The Odyssey y Michael han atraído nuevamente a públicos jóvenes, junto con una avalancha de cintas de terror que parecen diseñadas para provocar más videos de reacción.
Jacob sostiene que muchos jóvenes de la Gen Z están cansados de la pantalla pequeña. Puede ser cierto, aunque sospecho que el fenómeno del FOMO, ese miedo contemporáneo a quedarse fuera de la conversación digital esta jugando a favor del cine. Hoy no basta con ver una película; hay que verla antes de que las redes sociales la conviertan en meme, teoría conspirativa o tendencia de 30 segundos.
Muchos adolescentes que hoy hablan emocionados de Christopher Nolan probablemente no habían nacido cuando Batman Begins llegó a los cines. Y el renovado interés por Michael Jackson tiene tanto de curiosidad musical como de presión algorítmica. Si todos comentan la película, quedarse en casa viendo una serie coreana puede sentirse socialmente riesgoso.
Aun así, sería un error subestimar el valor de la experiencia colectiva. Hay algo que el streaming todavía no consigue replicar: la risa simultánea de una sala llena, el silencio absoluto antes de un giro argumental o el sobresalto compartido en una película de terror. El cine funciona mejor cuando desconocidos reaccionan al mismo tiempo.
Las grandes productoras parecen haber entendido que necesitan reconstruir esa exclusividad perdida. David Ellison, de Paramount, prometió garantizar 30 estrenos exclusivos al año para cadenas como AMC y Regal. La apuesta es devolverle a la sala una ventana de exhibición suficientemente larga para que el público sienta que, si no va al cine, realmente se está perdiendo algo.
La pregunta es si los espectadores mexicanos responderán igual que los estadounidenses. Porque aquí el problema no es únicamente la competencia del streaming, sino el costo total de la salida. Entre transporte, estacionamiento, boletos y dulcería, una familia puede gastar lo mismo que un mes completo de varias plataformas digitales.
Tal vez el futuro del cine no dependa de pantallas más grandes ni de asientos reclinables. Quizá dependa de algo mucho más simple como lograr que comprar palomitas no se sienta como solicitar un crédito hipotecario. Cuando eso ocurra, quizá volvamos a vivir de estreno en estreno.
Discover more from Tecnoempresa
Subscribe to get the latest posts sent to your email.


