El 2026 arrancó mal. Un sismo el 2 de enero y la invasión momentánea de Venezuela por parte de Estados Unidos marcaron el tono del año. Washington volvió a sentirse cómodo usando la fuerza como recurso político y comunicacional. La captura y secuestro de Nicolás Maduro fue leída por algunos insensatos como un triunfo moral inmediato, sin detenerse a pensar en el contexto ni en las consecuencias regionales. No ven más allá.
Lejos estoy de defender a un régimen que desconozco y menos puedo juzgar una situación político-social que solo veo a través de la mediación de un periodismo cada vez más lamentable y mercantil. Lo que si puedo hacer es llamar a la cordura de quienes, con la peligrosa y silvestre osadía de un borrego en matadero; prenden sus veladoras para que el señor Donald Trump haga algo parecido en México. Como si ese músculo militar se activara siempre en favor del bien común.
Pero no coman ansias, no pasará. México no es Venezuela y no enfrenta el mismo colapso institucional. Aunque eso no lo vuelve inmune al uso estratégico de la amenaza, al contrario; lo vuelve un objetivo más sofisticado. Lo que si puede pasar y que no nos conviene es que, bajo ese manto de impunidad y envalentonamiento, el gobierno de EU aproveche la coyuntura para meterle presión a México en el marco de la revisión del TMEC.
Ya está a la vuelta de la esquina y la discusión llegará contaminada por un discurso que mezcla comercio, seguridad y propaganda ideológica. Negociar en ese entorno no es una discusión técnica, es un ejercicio de fuerza. Estados Unidos no necesita romper el acuerdo, le basta con insinuarlo o condicionarlo junto con toda su propaganda de los falsos narcogobiernos. Es como si te pusieras a negociar la venta de tu coche a un fulano que tiene una cachiporra en la mano. Es casi como en las antiguas confesiones policiales: pocito y tehuacanazo.
Si no me crees, fíjate lo que dijo el banco de inversión suizo UBS el lunes. Palabras más o menos, advirtió que Washington podría usar la amenaza de una intervención más directa como palanca en las negociaciones del TMEC que arrancan en julio. El banco también señaló que los hechos recientes reabrieron escenarios de riesgo extremo que muchos inversionistas creían superados. México aparece, junto con Colombia, entre los países con mayor probabilidad de sufrir episodios de volatilidad.
Fitch Ratings fue menos estridente, pero no más tranquilizadora. La calificadora consideró que no habrá consecuencias financieras inmediatas, aunque dejó claro que la administración Trump podría llevar a la mesa temas de seguridad y agendas no comerciales.
El problema de fondo es que Trump negocia como gobierna; desde la amenaza y el espectáculo. El TMEC, bajo ese enfoque, deja de ser un marco de certidumbre y se convierte en un instrumento para imponer condiciones. México puede no estar en la mira militar, pero sí en el radar político. Y en ese juego, la cachiporra no siempre se usa; a veces basta con ponerla sobre la mesa.