Parque de los Venados: entre el abandono, la simulación y la impunidad cotidiana

Claves del Futuro

El deterioro del Parque de los Venados no es un tema menor: refleja fallas de gestión urbana, cultura cívica y ausencia de autoridad en uno de los espacios públicos más emblemáticos de la alcaldía Benito Juárez.

Jorge Arturo Castillo

Caminar por el Parque de los Venados un lunes por la mañana es, en realidad, un ejercicio de diagnóstico urbano. Los pasillos, jardines, bancas y hasta los botes de basura desbordan residuos acumulados del fin de semana. No es solo un tema de limpieza: es una postal clara de lo que ocurre cuando la operación básica falla y la cultura ciudadana simplemente se diluye.
A lo anterior se suma una constante que empieza a ser preocupante: la intervención pública sin sentido. Hace apenas unos meses, amplias zonas del parque permanecieron cerradas por la instalación de parasoles metálicos cuya utilidad real es, por decir lo menos, cuestionable. Obras que incomodan durante meses, que modifican el uso del espacio… pero que no resuelven los problemas de fondo.
Mientras tanto, lo esencial sigue pendiente. Los baños públicos llevan años sin funcionar. Años. En un parque que concentra familias, corredores, adultos mayores y visitantes de toda la ciudad. La ausencia de servicios básicos no solo es una omisión administrativa, es una señal de desinterés institucional.

Entre obras inútiles y servicios inexistentes


Como si no fuera suficiente, cada jueves el costado oriente del parque —a un costado de la avenida Vértiz— se convierte en un tianguis desordenado, prácticamente intransitable para el peatón y los corredores. No se trata de cuestionar la actividad comercial, sino la falta de orden y planeación. El espacio público termina secuestrado, saturado, inviable para peatones y usuarios del parque.
Pero quizá lo más grave no está solo en la infraestructura ni en el comercio informal, sino en lo que ocurre todos los días sin control: la proliferación de “cuidadores” de perros. Figuras informales que operan sin regulación, sin supervisión y, en muchos casos, sin el más mínimo respeto por los animales ni por el entorno.
El caso más evidente —y preocupante— es el de un joven que ha tomado como propio un espacio que no le corresponde: una fuente sin agua que, por cierto, es otro símbolo del abandono del parque (¿por qué tener una fuente sin agua durante años?). Ahí ese personaje sucio y desaliñado, con los pantalones a las rodillas, suelta a varios perros al mismo tiempo. Corren, juegan… y también hacen sus necesidades en un área que no está destinada para ello. Nunca hay recolección de heces. Nunca hay orden.

Impunidad cotidiana y maltrato animal

Lo que debería ser un momento de recreación se convierte en un foco de descontrol. En más de una ocasión, cuando dos de “sus” perros han comenzado a pelear, este individuo los ha separado a patadas. Literalmente a patadas. En otra escena, decidió entrar con una bicicleta pública para hacer que los perros lo persiguieran, generando frenones, golpes, atropellamientos y situaciones de riesgo para los animales.
La escena no solo es indignante, es peligrosa. Y lo más preocupante es que, probablemente, los dueños de esos perros no tienen idea de cómo son tratados. Hace poco, una usuaria del parque le reclamó el uso indebido de la fuente. La respuesta fue violencia verbal, groserías y una actitud completamente fuera de control.
A este panorama se suma un tema particularmente delicado: la presencia de personas en situación de calle que han ocupado el área de juegos infantiles. No es un asunto menor ni puede tratarse con ligereza. Se trata de un espacio diseñado para niñas y niños, donde hoy es posible encontrar suciedad, desechos e incluso condiciones insalubres que representan un riesgo directo. Aquí no hay matices: el derecho de la infancia a un entorno seguro debe ser prioridad absoluta.

Un parque sin autoridad

En paralelo, los aparatos de ejercicio muestran un deterioro evidente. Falta de mantenimiento, piezas flojas, estructuras desgastadas, algunos prácticamente inservibles. Equipamiento que debería fomentar la salud termina convirtiéndose en un riesgo para los usuarios.
Aquí es donde la discusión deja de ser anecdótica. El Parque de los Venados no está fallando por un solo factor. Está fallando por una combinación de abandono institucional, decisiones públicas cuestionables y una creciente normalización de conductas que, en cualquier otro contexto, serían inaceptables.
La pregunta es simple: ¿quién está administrando realmente este espacio? Porque entre obras innecesarias, servicios inexistentes, comercio desbordado (sobre todo en fin de semana), áreas infantiles comprometidas y “autoridades paralelas” como estos cuidadores, la sensación es que el parque funciona por inercia… y no por gestión.

Traer de vuelta la ciudad

Recuperar el Parque de los Venados no precisa de grandes discursos ni inversiones millonarias. Requiere algo mucho más básico: orden, mantenimiento, supervisión y, sobre todo, voluntad de hacer cumplir reglas mínimas de convivencia.
Porque cuando un parque público deja de ser un espacio seguro, limpio y funcional, lo que se pierde no es solo un área verde. Se pierde ciudad.

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Jorge Arturo Castillo: Jorge Arturo Castillo es periodista, editor y consultor en comunicación estratégica con más de 30 años de experiencia en medios y relaciones públicas. Es director editorial de Mundo Farma y columnista en El Financiero y Merca 2.0, entre otros más. A lo largo de su trayectoria ha realizado más de 3,500 entrevistas a líderes empresariales, autoridades y especialistas, con un enfoque en salud, negocios, tecnología y asuntos públicos. Actualmente asesora a empresas e instituciones en posicionamiento, reputación y análisis del entorno.

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