El Día del Presidente, opinión de Eduardo Ruíz Healy

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Fue el 1 de septiembre de 2005 cuando un presidente de México rindió por última vez su informe anual de gobierno ante el Congreso de la Unión reunido en la Cámara de Diputados.

Ese día, Vicente Fox presentó su Quinto Informe de Gobierno. Un año después, al llegar al Palacio Legislativo de San Lázaro, fue informado de que la tribuna estaba tomada por los legisladores del PRD y sus aliados de izquierda, y que por ello no existían las condiciones para que leyera el mensaje que había preparado para la ocasión. Sin perder la calma, le entregó su sexto informe al secretario de la Cámara de Diputados y se retiró del lugar.

Así murió un acto de a liturgia política creado y perpetuado durante los 71 años en que el PRI y sus ancestros controlaron la presidencia de la república: el 1 de septiembre de cada año, desde 1929 hasta 2000.

El Día del Presidente era una aberración para un país que se ostentaba como una democracia y hubiera sido insultante hasta para los ciudadanos de la mayoría de los países monárquicos que, en su mayoría, hace décadas eliminaron la pompa exagerada en los eventos en donde participan sus reyes, reinas y otros miembros de la realeza.

Para quien no lo recuerde, cada 1 de septiembre de la Era Priista, el presidente de México iba de su casa –a partir de Lázaro Cárdenas esta era la residencia oficial de Los Pinos– a Palacio Nacional, en donde se ceñía la Banda Presidencial, para de ahí dirigirse a pie a la Cámara de Diputados, cuando ésta se hallaba en el Centro Histórico de la Ciudad de México, o en un automóvil descapotado, cuando la Cámara cambió a su actual domicilio. Durante el trayecto era vitoreado por vallas de burócratas que eran obligados a ello. Al llegar a la Cámara era recibido como el monarca que era y procedía a leer su informe, a veces durante horas. Al concluir, el presidente de la mesa directiva de la cámara baja, que era otro priista, respondía al informe asegurándole que su mensaje era histórico y sus logros aún más.

Terminado el evento, el presidente regresaba a Palacio Nacional, a pie o en el auto descubierto, y sobre él caía una lluvia de confeti tricolor. Ya en Palacio lo esperaba la crema y nata de la clase política para, en el tradicional besamanos, felicitarlo por todo lo que había hecho para el bien de la Patria.

Y así, año tras año.

El Día del Presidente se acabó con el primer informe de Vicente Fox, en 2001, y ayer, en el evento realizado en Palacio Nacional, había quienes aseguraban que el año entrante será reinstaurado.

Ojalá eso no suceda, porque representaría un terrible retroceso y marcaría el principio de una nueva era presidencialista contra la cual muchos mexicanos pelearon durante décadas. Ojalá eso no suceda.

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